Cuando se aborda el futuro del país, siempre surge la misma interrogante: ¿dónde están los jóvenes? Esta pregunta la plantean políticos de generaciones anteriores, como si hubiera un lugar vacío que debíamos ocupar y que abandonamos por falta de interés. Casi nunca indagan en lo contrario: cuántos espacios nos han brindado, cuántas decisiones nos permitieron tomar y cuántas veces nos convocaron solo para llenar un evento. La pregunta está mal formulada. Y quien la plantea mal casi siempre tiene la respuesta que más le conviene.
Los que nacimos en este siglo crecimos en una nación distinta; con la guerra contra el narcotráfico como ruido constante, con salarios que no alcanzan para pagar la renta por nuestra cuenta, con empleos sin prestaciones y conscientes de que en ciertos lugares salir de noche es un riesgo. No pedimos que nos comprendan, sino que no nos expliquen el país que nosotros experimentamos. Tampoco formamos un bloque homogéneo: hay jóvenes urbanos y rurales, que estudian y otros que trabajan desde los quince años, que apoyan partidos políticos opuestos. Ser joven no es una ideología. Es una condición, y actualmente esa condición es precaria.
No es la primera ocasión en que una generación debe hacerse escuchar por la fuerza. Lo lograron los estudiantes de 1968 y también el movimiento #YoSoy132 al final del mandato de Felipe Calderón. Cada vez que los jóvenes nos movilizamos, la agenda pública se modifica.
El 13 de noviembre de 2025, días después del asesinato de Carlos Manzo, un conjunto de jóvenes pintamos NARCOESTADO en las vallas que protegían Palacio Nacional. Lo borraron y nosotros volvimos a escribirlo. No fue un acto de vandalismo ni una rabieta, sino un acto de nombrar lo que millones de familias padecen y lo que el poder rehúye a reconocer. Cuando el crimen decide quién gobierna un municipio y quién desaparece en una carretera, guardar silencio es rendirse.
Entonces, ¿por qué se insiste en que no participamos? Porque se mide con los criterios de siempre: la urna, la credencial partidaria, la campaña electoral. Votar es importante y militar también. Pero participar implica también organizar a la comunidad cuando no llega el agua, buscar a una persona desaparecida cuando la fiscalía no lo hace, exigir cuentas a un alcalde o impulsar una causa en redes sociales que termine en la calle.







